miércoles, 20 de enero de 2016

LA SERPIENTE ESCONDIDA

No puedo creerlo. ¿Cómo ha entrado esa cosa en el piso? No ha podido entrar por la puerta principal, ha tenido que entrar por una ventana desde otra casa. No, no es posible. Es un cuarto piso. Las serpientes no pueden trepar por las paredes. ¿O sí pueden? Las lagartijas pueden. Pero no, nunca supe de una serpiente capaz de escalar por una pared de estas características. Quizá alguna especie tenga la capacidad de hacerlo. Quizá dependa del tamaño. Me da la impresión de que es demasiado grande y pesada para escalar.
Bueno, qué más da cómo haya entrado. La cuestión es que hay una serpiente en el piso. La vi entrar reptando en el despacho y he cerrado la puerta. Así que está encerrada dentro. Por lo menos la tengo localizada. ¿Qué puedo hacer para deshacerme de ella? No me atrevo a atacarla yo mismo, es de un tamaño considerable por lo que he podido ver. No me importa reconocerlo, me da miedo acercarme. Me da igual si es venenosa o no. No quiero ser yo el que se deshaga de ella. Pero, ¿a quién se llama en estos casos?

Llamo al número de Emergencias y le explico la situación algo nervioso a una amable señorita al otro lado de la línea. Me pasa con los bomberos. Me atiende un tipo bastante arisco. Vuelvo a explicar la situación. Me dice que un par de hombres vendrán a mi casa.
Me siento en el sofá del salón frente al televisor apagado. Me quedo simplemente sentado unos minutos. No sé qué hacer mientras espero. Me pone nervioso saber que hay un animal así en mi despacho. Me levanto del sofá y me apoyo en la pared frente a la puerta cerrada. No sé qué espero. La serpiente no cabe por debajo de la puerta, y no va a girar el picaporte, eso sería absurdo. Pero la escucho rozar la puerta un par de veces.
A la media hora aparecen un par de bomberos. Les indico el camino al despacho y entran debidamente protegidos. Llevan guantes especiales de carnaza y una visera de plástico que les tapa la cara, además de portar un estilete electrificado.
Al abrir la puerta del despacho, la serpiente no se ve a plena vista. Hay que buscarla. Uno de los bomberos se queda en la puerta bloqueando el paso mientras otro busca entre los muebles. Después de quince minutos de investigación infructuosa se dirige a mí.
― Aquí no hay nada.
― No ha podido irse, la ventana está cerrada y no hay aberturas en ninguna pared.
Noté al bombero molesto. Me di cuenta que me tomaba por un paranoico que les había hecho ir para nada. ¿Dónde se había escondido la maldita serpiente?
― Mire, nosotros tenemos que irnos a atender otras llamadas. Si ve a su serpiente llámenos de nuevo y alguien vendrá, pero por favor cerciórese bien de qué está viendo.
¿”Su” serpiente? Puto bombero, ¿cómo se atreve a usar ese tono sarcástico? Debería aparecer la serpiente ahora mismo y saltarte a la cara para morderte un ojo.
Los bomberos se marchan y me vuelvo a quedar solo en el piso. Se me hace enorme desde que ella se fue. He pensado en venderlo y marcharme a otro sitio, pero el mercado inmobiliario no está para vender pisos ahora mismo. Cada día que pasa odio más esta casa y vivir en ella. Todo me recuerda a María. Duermo en la cama que compartía con ella. Veo la televisión en el sofá donde nos sentábamos juntos y ella se recostaba sobre mí. Incluso sigo viendo aquellos programas que a ella le gustan y que yo odio, y que sólo veía a su lado para que pasáramos más tiempo juntos. Me levanto por la mañana y cuando entro en la cocina aún hay días que espero encontrármela allí desayunando. Echo de menos pelear con ella por el cuarto de baño cada mañana.  Echo de menos tantas cosas que me parecían estupideces, incluso me molestaban, cuando éramos pareja… Odio esta casa. La odio con todas mis fuerzas. Cada día que pasa me incomoda más vivir aquí.
He visto algo por el suelo del pasillo. Sé que lo he visto. He visto pasar a la serpiente reptando. No sé cómo, pero consiguió esquivar a los bomberos y ahora está fuera del despacho. Está paseándose por todo el domicilio. Tengo que volver a llamar así que me dirijo hacia el teléfono. Me detengo un momento. Me tomarán por estúpido. Seguro que me dicen que aparecerán en breve para luego simplemente ignorar mi llamada. No, no voy a llamar.
He oído un ruido en la cocina. Algo se ha caído al suelo. No sé qué es, pero he escuchado el sonido de un objeto al caer y romperse. Quizá un plato. Seguro que ha sido la serpiente. Está en la cocina. Voy a llamar. Me da igual lo que piensen. Y si veo que no aparecen volveré a llamar e insistiré hasta que me hagan caso. Y si no me hacen caso, les pondré una denuncia. No saben con quién están tratando.
Marco el número de teléfono y espero. Suenan varios tonos. Escucho cómo descuelgan al otro lado y cómo una voz de mujer pregunta quién soy. No es la misma voz de antes. Conozco esa voz. La he escuchado millones de veces. La escucho cada noche cuando me voy a dormir.
― ¿María?
― ¿José?
Creía haber llamado al número de Emergencias. No sé cómo he podido equivocarme. No sé qué decir. La expresión “silencio incómodo” se inventó para circunstancias como ésta.
― José, ¿estás ahí?
María insiste. Noto un tono de preocupación en su voz. Pero no sé qué decirle. No sé qué hacer hasta que escucho una voz masculina hablar con ella.
― ¿Quién es? ¿Con quién hablas?
Cuelgo el auricular en ese mismo instante con un golpe seco. No creo poder sentirme más patético que como me siento en este preciso momento. Quiero que se abra un agujero bajo mis pies y me trague la tierra.
Noto un doloroso pinchazo en el tobillo. Muy doloroso. En el momento en que lo noto lo tengo claro. La serpiente me ha mordido. Miro al suelo rápidamente, esperando encontrármela junto a mis pies y dispuesto a patearla y pisotearla para matarla, pero allí no hay serpiente. Me agacho y analizo mi tobillo. Tengo una mordedura. No hay serpiente, pero sí hay mordedura.
No tengo idea de cómo se trata una mordedura de serpiente. Ni siquiera sé si la serpiente en cuestión es venenosa o no. Sólo sé que el tobillo me duele y que se me está amoratando e hinchando, así que voy al cuarto de baño y saco el botiquín. Me desinfecto con agua oxigenada y hago presión con los dedos para que salga de la herida pus y el posible veneno. De hecho, veo salir un líquido lechoso y blanco.
Me tomo un buen rato en la operación. Finalmente acabo con el tobillo dolorido, pero creo que desinfectado. Finiquito el proceso con un firme vendaje. Apenas cojeo un poco. Nada importante.
Me dirijo a la cocina. Quiero ver qué rompió antes la serpiente, pero no voy a ir con las manos vacías. Saco del armario la caja de herramientas, y de ésta saco un pequeño hacha. Si me encuentro con ese asqueroso bicho pienso cortarlo en pedazos.
Entro en la cocina blandiendo el hacha. Cristales rotos por el suelo. La serpiente ha roto un vaso. Reconozco cuál. Un vaso que le traje de regalo a María de mi viaje a León. Tenía pintado un dibujo de la Catedral de dicha ciudad. Cuando se fue lo dejó aquí. Ni siquiera recuerdo haberla visto usándolo.
Me vuelvo sobresaltado. He vuelto a escuchar ruidos. Esta vez proceden del salón. Ruido de sillas, como si la serpiente se moviera entre ellas y las desplazara al golpearlas, haciéndolas arrastrarse un poco por el suelo.
Me dirijo raudo hacia allí. Entro en el salón. Allí está. Está subiéndose al sofá. Tiene un tono entre amarillo y verdoso y mide por lo menos metro y medio. Es bastante gruesa. No sé si podría abarcar su grosor con mi mano.
Me lanzo sobre ella con el hacha. No le doy tiempo a reaccionar. La despedazo en cuestión de segundos. El sofá queda destrozado, completamente manchado de sangre. La sangre salpica la pared. La sangre salpica mi rostro. Sé que ya la he matado pero sigo golpeando. Sigo golpeando pequeños trozos de serpiente muerta. No puedo parar. He empezado a llorar como un bebé. Y sigo dando hachazos a un sofá cubierto de puré de serpiente.
Me detengo en seco al notar un pinchazo en la herida. Me empieza a doler una barbaridad. Vuelvo a dirigirme al baño y a sacar el botiquín. Me quito la venda del tobillo. No puedo creer lo hinchado que está. Me duele cada vez más. Tengo una inmensa protuberancia de color morado, del tamaño de mi puño, saliendo del lugar de la mordedura. Me duele muchísimo. Creo que estoy perdiendo el conocimiento. Estoy mareado. Vomito sobre la tapa del váter y caigo al suelo. Los ojos se me cierran poco a poco. Sé que debo evitarlo, pero realmente no quiero. Sólo quiero dormirme. Dormirme y despertar en mi cama junto a María. Es lo único que quiero.

Estoy tendido en el suelo. No opongo más resistencia. Cierro los ojos. Escucho un siseo junto a mi oído. La serpiente ha venido a por mí. 

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