martes, 15 de diciembre de 2015

GIBRALTAR

Tenía un par de días libres y decidí pasarlos en Gibraltar. Me habían dicho que no había mucho que ver allí, pero eso siempre depende de la opinión particular de cada uno, y como siempre fue un lugar que me llamó particularmente la atención, no hice mucho caso.
Tras dejar mi escaso equipaje en un pequeño hotel en La Línea de la Concepción, me dirigí caminando a la frontera. Me impresionaba ver aquella gigantesca roca gobernando toda la zona. Supongo que quienes viven allí están acostumbrados, pero la sensación que me dio a mí era que en aquella zona había una inmensa presencia controlando tanto Gibraltar como La Línea. Incluso aunque miraras en otra dirección la presencia del Peñón se notaba, como si fuera un ente vivo que nos vigilara a todos los que allí estábamos.
Crucé la frontera mostrando únicamente el documento de identidad. Nunca había cruzado una frontera a pie, sólo en avión o en autobús, y me resultó llamativa la facilidad con la que puedes acceder del territorio de un país al del otro.
Almorcé algo en una plaza que tenía aspecto de ser importante en la ciudad y entonces tomé una decisión de lo más estúpida. Gran parte de los lugares turísticos de Gibraltar están en el Peñón, y tuve la feliz idea de dirigirme a ellos a pie, en vez de tomar un autobús o el teleférico. Mi forma física no era precisamente la más adecuada para tamaño esfuerzo, y además me desorienté con facilidad al no disponer de mapa, así que pasé bastante rato caminando por estrechas carreteras hacia arriba y hacia abajo bajo un sol de justicia y sin agua. Al cabo de hora y media estaba exhausto. Me entró un fuerte dolor de cabeza. Pese a llevar gafas oscuras, la luz era tan intensa que tenía que mantener los ojos entornados. Tras varias horas así empecé a notar un terrible pinchazo en las sienes. De vez en cuando me quitaba las gafas y cerraba los ojos, frotándomelos un poco con los dedos de las manos. Suponía que al acabar el día tendría un bonito círculo blanco sobre los ojos mientras el resto de mi piel habría cogido color. Me daba igual. Sólo hubiera dado lo que fuera para que en cualquier lugar de aquella montaña apareciera una tienda donde comprar agua. El sudor me caía a chorros por la frente y me hubiera venido bien remojarme. Pero nada de nada. Aquello era un páramo solitario.
Caminaba por estrechas carreteras, en las que cuando aparece un coche, tienes que acercarte lo más posible al límite, que en muchas ocasiones, era también el último paso antes de una peligrosa pendiente hacia abajo, repleta de hierba, árboles y matorrales. Si alguien como yo, al que nadie en el lugar conocía, cayera por uno de esos terraplenes, se tardaría muchísimo en dar con mi cuerpo e identificarme. En una de esas carreteras estrechas, mientras soportaba el sol y el esfuerzo como buenamente podía, vi venir de frente a otro turista como yo. En un momento dado detuvo su camino. Había algo en el suelo que llamó su atención y se quedó parado mirándolo. Cuando estaba a punto de llegar a su altura empezó a señalarme sonriente aquello que miraba y a hablarme en otro idioma que no entendí y que creí identificar como alemán. Me acerqué, no sin cierta desconfianza, y estaba observando una pequeña mariposa de vivos colores que se encontraba posada en el suelo y aleteaba ligeramente. Me pareció una tontería, pero bueno, a cada persona le resultan llamativas cosas diferentes, así que sonreí diplomáticamente y seguí mi camino.
Había caminado unos veinte pasos cuando oí el motor de un coche que se acercaba detrás de mí. Sin volver la cabeza empecé a dirigirme al lado de la carretera para que el coche pudiera pasar sin problemas. El ruido siguió aumentando, pero el coche nunca llegó a pasar a mi lado. Lo siguiente que oí fue un gran golpe. Al escucharlo me detuve y volví la cabeza a ver qué había pasado. El coche había atropellado al turista alemán, que se encontraba tendido en el suelo sangrando. Un Seat Altea gris, con matrícula de Gibraltar, se encontraba detenido a su lado, con el parabrisas destrozado.
Me dirigí corriendo lo más rápido que pude al cuerpo del alemán caído. Tenía la cara llena de sangre y un brazo visiblemente roto por la grotesca forma que había adoptado. Los ojos estaban abiertos de par en par. No había que ser muy listo para darse cuenta pero aún así me arrodillé y comprobé el pulso. Nada. Me levanté rápido. Al apoyarme sobre el suelo había notado un calor infernal en mis rodillas procedente del asfalto y me hice daño. Entonces oí una voz tras de mí.
― ¿Está vivo?
El conductor estaba a medio salir del coche. Con la puerta abierta y con un pie fuera. Tenía el rostro pálido como el papel. Me limité a mirarlo y negar con la cabeza.
El conductor empezó a mover la cabeza nerviosamente de un lado a otro. Se le saltaban las lágrimas y mordía su puño. Terminó de salir del coche y empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro sin mucho sentido murmurando cosas que yo no llegaba a entender. Frenó su movimiento quedándose en pie frente al cuerpo y frente a mí. Sus ojos muy abiertos estaban dirigidos al cadáver pero daba la impresión de no estar viéndolo. Se pasaba la mano por el pelo mostrándose desbordado por la situación.
Hacía un calor horrible en aquella carretera solitaria. Veía a lo lejos los vapores salir del asfalto haciendo borroso el horizonte. Una gota de sudor cayó de mi frente sobre mi ojo cegándolo durante un pequeño instante. Levanté las gafas y me sequé el ojo con la mano. Una pequeña brisa de aire caliente movía ligeramente las ramas de los árboles. Decidí hablar mientras sacaba de mi bolsillo el teléfono móvil.
― Hay que llamar a la policía.
Al conductor se le salieron los ojos de las órbitas al escuchar mi comentario. Empezó a negar con la cabeza mientras hablaba titubeando.
― No, no…espera un momento…espera, por favor.
Comprendía su situación. Su vida podía estar arruinada. Se acercó a mí.
― Espera un momento, por favor.― volvió a repetir.
Cuando me habló en la cercanía pude notar que su aliento despedía cierto olor a alcohol. Hasta ese momento no había adoptado una posición moral a su favor o en su contra, ya que un accidente puede ocurrirle a cualquiera, y pese a su nerviosismo no había huido, pero cuando me di cuenta de que había bebido perdió toda mi simpatía y la gana de discutir con él. Empecé a marcar el número de emergencias en el teléfono móvil. Me dio un manotazo y se me cayó al suelo. Le miré con mala cara antes de agacharme a recogerlo.
― Lo siento, pero voy a llamar.
― Espera.― me volvió a repetir.
Salió trotando en dirección al coche. No sé por qué le hice caso pero esperé. Se paró junto al coche y miró a lo lejos, a la carretera por donde había venido. Fueran cuáles fueran sus intenciones que las mostrara rápido. La cabeza me palpitaba con tanto calor. Notaba la camiseta pegada a mi espalda por el sudor. Quería acabar con todo aquella circunstancia desgraciada y largarme de allí.
El conductor repitió operación corriendo en dirección opuesta. Luego volvió junto a mí y al cadáver. Tenía las lágrimas a punto de brotarle de los ojos.
― Escucha, ¿ves este terraplén?― señaló al borde de la carretera.― Podríamos tirar el cuerpo por ahí. Quedaría entre esos matorrales de abajo y tardarían en encontrarlo. Por favor, nadie tiene por qué saber esto.
Ni siquiera lo pensé. Negué con la cabeza y volví a hacer el ademán de marcar el número de emergencias en el teléfono móvil.
― Espera.― Me volvió a decir. Esta vez levantó aún más la voz. Cada vez se encontraba más nervioso. Cuanto más tiempo pasaba, más posibilidades había de que alguien más apareciera por allí. Se dirigió corriendo al coche y empezó a buscar algo dentro.
Dirigí mi mirada al cuerpo. Había aparecido un macaco de los típicos de la zona. Estaba mordisqueándole la nariz al cadáver, que ahora tenía la cara deforme y llena de sangre por los mordiscos. La escena me repugnó, me acerqué y ahuyenté al animal lanzándole una patada. Se detuvo un segundo en su huída para mirarme y enseñarme los colmillos con una mueca. Entonces me di cuenta de que le había hecho una herida en el hocico. Luego se volvió a ocultar entre los matorrales.
El conductor salió del coche y volvió corriendo hacia mí. Llevaba algo en las manos. Me lo ofreció al llegar a mi altura. Era dinero. Una gran cantidad de billetes de varias cantidades, no sabría decir cuánto dinero era.
― Por favor, ayúdame a tirar el cuerpo por el terraplén.― insistió.
Negué con la cabeza una vez más y rechacé con un gesto con la mano el dinero. Su cara mostró entonces su decepción. Empezó a guardar el dinero en la cartera, y ésta en el bolsillo mientras yo volvía, una vez más, a empezar a marcar el número de emergencias en el teléfono móvil.
Me distraje un momento mientras tecleaba y me costó caro. En cuanto el conductor guardó la cartera en su bolsillo, me empujó. El teléfono móvil se me cayó al suelo, y rebotando cayó por el terraplén. Me enfurecí.
― ¡Eh! ¿Qué haces?
Pero el conductor estaba fuera de sí. Me dio un puñetazo que no me esperaba y me derribó. Estuve a punto de irme hacia abajo a hacerle compañía a mi teléfono móvil. Caí de culo en el borde del terraplén. Me llevé la mano al ojo que me había dañado con el puñetazo. Levanté la cabeza y entonces caí en la cuenta. Se dirigía hacia mí con toda su furia. Su gesto me recordó un momento al del macaco cuando se volvió a mostrarme los dientes. Aquel tipo pretendía lanzarme hacía abajo. Para mi fortuna, fui rápido de reflejos, el tipo se lanzó hacia mí, pero en el último segundo, reaccioné y lo esquivé. El tipo perdió pie y cayó al vacío. Miré hacía abajo. Como suponía su cuerpo cayó hasta introducirse entre los arbustos y desaparecer de mi vista.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Costaba pensar rápido con el dolor de cabeza que tenía y agobiado por el calor y la situación, pero sabía que tenía que hacer algo y hacerlo ya. Ya tardaba demasiado en aparecer alguien más por allí. Si me encontraban en ese momento sería difícil explicar la situación. No lo pensé dos veces. Cogí el cuerpo del turista alemán y lo tiré por el mismo sitio por el que había caído el conductor. También desapareció de mi vista. Entonces me fui andando lo más deprisa que el cansancio me permitía en dirección hacia el centro de la ciudad, dejando allí solo el coche. Notaba como el ojo se me empezaba a hinchar. Me ardía, lo que unido al calor que allí hacía, y los nervios por la situación, me provocó una ansiedad como jamás tuve.
Apenas había andado unos doscientos metros cuando me crucé con dos chicas que conversaban entre ellas ese dialecto típico de la zona, entre andaluz e inglés, que resulta ininteligible para cualquiera que no sea gibraltareño. Me miraron y rieron. Una de ellas, de apariencia descarada, incluso me llamó guapo. Seguí adelante dejándolas atrás.
No mucho más adelante llegué a una parada de autobús. Había esperado muchos autobuses en mi vida, pero jamás nunca con tanto nerviosismo. En mi cabeza tomaba forma la historia. Las chicas con las que me había cruzado encontraban el coche solo en medio de la carretera, con el parabrisas destrozado, llamaban a la policía, que les preguntaba si habían visto a alguien por allí extraño. Le daban mi descripción y rápidamente todo Gibraltar estaba lleno de “bobbys” buscándome. Me entraban ganas de llorar.
Tuve suerte. Aunque se me hicieron eternos, el autobús apenas tardó cinco minutos en aparecer. Los autobuses que llegan a la cima del Peñón no son los típicos autobuses. Realmente son furgonetas para ocho o diez pasajeros. El tamaño y las curvas de las carreteras de la zona hacen imposible el acceso a los autobuses de tamaño normal.
Me subí y pagué. Era el único pasajero. El aire acondicionado del vehículo fue como una bendición. Sentía que había dejado todo atrás.
Tras avanzar un par de calles en dirección al centro de la ciudad notaba que el conductor me miraba por el retrovisor. Imagino que la hinchazón del ojo le llamaba la atención. Se dirigió hacia mí, pero no preguntó cómo me la había hecho.
― ¿Se encuentra usted bien?
― ¿Cómo?
― Le pregunto si se encuentra usted bien. Se le nota fatigado.
Saqué la mejor de mis sonrisas para contestar.
― Sí, es que estoy bastante cansado. He tenido la feliz idea de subir a pie hasta la cima del Peñón. La próxima vez que venga cogeré el autobús o el teleférico.
El conductor del autobús no pareció satisfecho del todo con mi respuesta. Cuando me dejó en el centro de la ciudad empecé a pensar otra vez locuras como que comunicaba mi descripción por radio y le decían que me estaban buscando. Ya sabrían en qué zona de la ciudad me había dejado. Ya sabían dónde tenían que buscarme.
Pasé por delante de una tienda de ropa deportiva en la calle principal. Entré y compré una camiseta de la selección de fútbol de Inglaterra y un pantalón de chándal rojo. Me lo llevé puesto. Pensé que así evitaría las posibles descripciones de mi vestimenta.
No mucho rato después cruzaba la Avenida Winston Churchill para volver a La Línea cruzando la aduana. Mientras enseñaba mi identificación en la frontera volví a imaginar que me detendrían en ese momento, pero no pasó nada anormal. No miré por encima de mi hombro ni una sola vez en todo el trayecto pero cuando ya me encontraba a pocos metros de territorio español oí a alguien decir una frase que me hizo volverme.
― Mira, qué extraño. Nunca suele venir ninguno hasta aquí abajo.
Era una mujer hablándole a su marido. Señalaba al techo de una garita. Miré. Allí estaba, mirándome, un macaco con una herida en el morro. Cuando nuestras miradas se cruzaron hizo una mueca mostrándome sus colmillos.


Jamás he vuelto a pisar Gibraltar.