martes, 24 de noviembre de 2015

PIZZA A DOMICILIO

Aparcó la moto justo delante de la puerta de la pizzería, junto a las de dos compañeros.  No quedaba mucho para que comenzara el partido de Liga de Campeones de aquella noche. Una semifinal nada más y nada menos, con el equipo local inmerso en ella. Le encantaba el fútbol, pero aquella noche lo odiaba. Querría estar en casa, rodeado de amigos y latas de cerveza viendo el encuentro tranquilamente, pero en lugar de eso estaría repartiendo pizzas a aquellos que sí tenían la suerte de poder disfrutar del acontecimiento en todo su esplendor. Las noches de partido importante siempre traían mucho trabajo.
Entró en el local y allí encontró a Ángela y Miguel, los propietarios de las motos junto a las que había aparcado la suya. Ambos estaban esperando la nueva remesa de pizzas a repartir a domicilio. No les conocía mucho, así que tiró de frases tópicas para saludar.
― ¿Qué hay? Se presenta una noche movida con el partido.
― No me hables del partido, haz el favor.― respondió Miguel. Estaba visiblemente disgustado, no sólo era muy futbolero, sino que era un gran aficionado del equipo que aquella noche se jugaba la posibilidad de alcanzar un hito en su historia, y él no iba a verlo por tener que trabajar.
― Teníais que haber sido más listos y haber pedido el día libre con más antelación que los demás. Si lo hubierais hecho estaríais ahora en casita sentados tranquilamente en el sofá delante del televisor.― fue el comentario de Ángela. A ella no es que no le gustara el fútbol, pero tampoco le quitaba el sueño. Realmente tenía razón, ni Miguel ni él habían sido lo suficientemente previsores como para haber pedido el día libre con la premura adecuada. Otros compañeros sí lo fueron y en sus respectivos domicilios se disponían a disfrutar del premio por su acierto.
Desde la cocina llegaron las pizzas que Ángela tenía que repartir a las direcciones indicadas en la lista adjunta. Se marchó despidiéndose con una fórmula adecuada para la ocasión.
― Que os sea leve.
Apenas un par de minutos más tarde le llegó su turno. Recogió las pizzas y la lista de direcciones, se despidió de Miguel y se dirigió a la moto. Colocó la comida en las bolsas térmicas preparadas para conservar el calor y de ahí al cajón que portaba en la parte trasera de su vehículo. Arrancó y se dirigió a la primera dirección mecanografiada en el papel que le habían dado.
No falla. En noche de partido se multiplican las peticiones de comida a domicilio, y casi todas esas peticiones de más son para gente que está viendo el encuentro. En la primera casa así era. Uno de los clientes le pagaba mientras se escuchaba a otras personas en otro lado de la casa viendo el fútbol. En un momento dado varios gritaron ante lo que parecía ser una ocasión marrada. El chico que estaba pagando la pizza le pidió que le excusara un segundo y fue corriendo a la sala a ver la repetición de la jugada. Le había dejado el dinero en la mano y había desaparecido de su vista antes de que le diera la vuelta correspondiente. Durante un instante pensó en irse y quedarse la vuelta a modo de propina. Pensó que mejor era no hacerlo. Además, la clientela suele ser generosa en estos días. Si hacía ver que le interesaba el partido y que no podía verlo por el trabajo seguramente recibiría igualmente una muestra de generosidad económica por parte del cliente, así que cuando éste volvió demostró su interés en el resultado.
― ¿Sigue cero a cero?
― Sí, cero a cero.― se limitó a decir el cliente, que recibió la vuelta y se despidió cerrándole la puerta en las narices sin darle propina ninguna.
Acordándose de toda la familia de aquel sujeto bajó las escaleras y se volvió a montar en la moto. Antes de arrancar para dirigirse a la segunda dirección de la lista miró hacia delante y hacia detrás de la larga avenida iluminada por las farolas. Ni un alma. Otro indicio de que aquella noche el equipo local tenía partido importante. Arrancó y siguió su camino.
Se detuvo ante un semáforo en rojo. El mundo parecía haberse detenido. Ni un alma en la calle. El silencio reinante se rompió cuando escuchó tras de sí el motor de otra moto. No se volvió a mirarla. La vio por el rabillo del ojo cuando ésta se detuvo a su izquierda. Era una moto roja, exactamente igual que la suya. El piloto vestía un vaquero y una zamarra negra. El casco era azul oscuro y el cristal no dejaba ver su rostro. Se volvió hacia él. El tipo de la zamarra negra giró la cabeza. Debía estar devolviéndole la mirada, aunque no podía ver sus ojos. El semáforo se puso en verde y arrancó. Giró a la izquierda. La otra moto siguió su camino tras él.
En un momento dado vio como la moto extraña le adelantó y le sacó unos metros de ventaja. Había acelerado de repente como si quisiera echar una carrera. Bueno, era cosa suya. La sorpresa le vino después. Cuando le hubo sacado ventaja suficiente se cruzó en la carretera y se paró en seco delante de él, cortándole el paso. Sólo una demostración de reflejos y su habilidad en la conducción le permitió esquivarla y evitar la colisión, siguiendo su camino.
― Joder, está loco.― murmuró para sí.
Miró por el espejo retrovisor. Aquel demente había vuelto a poner en marcha la moto y volvía a perseguirle por las calles desiertas cada vez con mayor velocidad.
¿Quién demonios era ese tipo y por qué le atacaba de esa forma? Era algo demencial. Por un momento pensó en frenarse en seco y hacerle frente, pero no se atrevió y decidió buscar la forma de volver a la pizzería. Allí estaría seguro. La única cuestión era que aquel tipo no le alcanzara. Con ese propósito aceleró y giró bruscamente a la derecha. Cabía la posibilidad de que el tipo conociera su itinerario, ese giro no lo esperaría, pero igualmente siguió tras él. La posibilidad de que supiera hacia dónde se dirigía quedaba descartada, sólo quería cazarle.
Durante la persecución miraba repetidamente a través del espejo retrovisor para tener controlado a su perseguidor. Era arriesgado porque durante unos instantes perdía una noción exacta de la carretera, pero era mejor tenerle controlado. En una de esas miradas llegó el momento terrible. Vio como aquel tipo sacaba, no sabía muy bien de dónde, porque no pudo fijarse a la velocidad a la que iba, quizá la sacaba de la zamarra, una pistola de bastante tamaño. Aquel cabrón iba a dispararle para derribarle de la moto. Le entró el pánico en ese instante, ya no sabía qué hacer, ese instante de distracción fue fatal, entró en un cruce totalmente distraído y se estrelló contra un coche que por allí pasaba. Salió despedido de la moto y se estrelló contra el cristal del coche. Acto seguido éste se estampó contra una señal de tráfico. Él quedó aturdido y malherido sobre el capó del vehículo. Pudo girar la cabeza lo justo para atisbar al conductor. Se había abierto la cabeza por el accidente. Sangraba abundantemente. El que tuviera los ojos abiertos no ocultaba que había muerto, ya que éstos mostraban una ausencia total de vida.
Escuchó el ruido de la moto de su perseguidor llegar al lugar y detenerse. No podía verla. Se encontraba acostado sobre el capó del coche mirando el cielo aquella noche estrellada. Le pareció oír en la lejanía cómo alguien celebraba un gol en alguna casa. Una mano le agarró de las solapas de la chaqueta roja que la pizzería daba a todos sus repartidores y le bajó del capó del coche lanzándole al suelo. Era su perseguidor. No entendía por qué pero llevaba la bolsa térmica con las pizzas en la mano. Se había detenido a robárselas. Aquel sujeto entonces empezó a registrarle, aprovechando que no podía ni moverse. Cuando llegó al bolsillo donde llevaba guardada la lista de direcciones se detuvo. Parecía haber encontrado lo que buscaba. Se la guardó en el bolsillo. A punto de perder la consciencia pudo observar como aquel hombre extraño se quitaba la zamarra negra para descubrir bajo ella una chaqueta roja como las de la pizzería donde trabajaba. Entonces cerró los ojos y no los volvió a abrir.


No mucho rato después en un domicilio donde varias personas disfrutaban viendo el partido de fútbol por televisión sonó el timbre. El anfitrión salió a abrir. Al otro lado de la mirilla vio al repartidor de pizza que esperaban con su bolsa térmica con la comida, su chaqueta roja y su casco azul oscuro colgando del brazo. Le abrió, recogió el pedido y le pagó añadiendo al precio una generosa propina. Por último, se despidió educadamente y cerró la puerta.

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