viernes, 30 de octubre de 2015

EL NIÑO

Era la noche señalada. Por fin el trabajo de las últimas semanas iba a dar su fruto. Habían estado investigando por aquella urbanización día tras día, tratando de averiguar si alguna de las lujosas casas que allí se encontraban quedaría vacía y expuesta para un posible asalto.
Cualquiera de aquellas residencias habría sido un objetivo interesante, ya que el barrio era de los más acaudalados de la ciudad. Muy mal se tenían que dar las cosas para que donde entraran no hubiera dinero u objetos con un alto valor económico. Pero los hados parecían haberse congeniado para generar una víctima de lo más propicio.
La urbanización tenía una sencilla estructura compuesta por calles perpendiculares las unas a las otras, formando en su conjunto un cuadrado perfecto. La casa en cuestión se encontraba en uno de los vértices de dicho cuadrado, por lo que apenas tenía otro par de residencias junto a ella. Enfrente únicamente tenía el vacío, una amplia extensión de terrenos baldíos que esperaban los permisos pertinentes para que sobre ellos se construyera una ampliación de la urbanización.
La posición de la casa la hacía ideal para el asalto. Era imposible encontrar en toda la zona una que se encontrara situada en un lugar más expuesto y solitario. E iba a estar vacía durante tres semanas, ya que la familia que en ella habitaba se había marchado de vacaciones al completo, el matrimonio con los dos niños. Únicamente habían dejado para cuidarla a una asistenta que acudiría cada dos días un rato por la mañana, es de suponer que para regar las plantas y abrir las ventanas para que la residencia se aireara un poco.
Todo era ideal, únicamente quedaba superar el sistema de alarma, y dedicado a ello se encontraba Roberto en ese momento. No debía suponer tampoco el más mínimo problema, ya que éste tenía un amigo en la empresa que había instalado el sistema de seguridad en toda la urbanización y le había dado las indicaciones pertinentes para poder entrar en la casa sin levantar sospechas de que alguien de los operarios hubiera estado involucrado. Evidentemente el amigo de Roberto había exigido a cambio de la ayuda una cuarta parte de las ganancias. Hubo una discusión por ello, ya que llevarse la misma parte que los otros tres participantes en el atraco cuando no iba a correr un riesgo real de ser atrapado en pleno acto delictivo, hizo que Nico se negara en redondo, hasta que tuvo que asumir que sin dicha ayuda no había nada que hacer, por lo que dio su brazo a torcer.
Roberto había accedido al interior de la vivienda saltando una zona del vallado que encontró especialmente vulnerable. La alarma no debía funcionar mientras nadie intentara acceder al interior de la casa, pero ellos no entrarían hasta que la alarma fuera desconectada. Cuando lo consiguió, Roberto abrió a sus dos compañeros, que simplemente entraron por la puerta principal.
— ¿Te ha resultado complicado?
—Como quitarle un caramelo a un niño.
Con la alarma desactivada todo era coser y cantar. Forzaron el cerrojo de la puerta principal y entraron por ella directamente al salón. Aunque había algunos aparatos electrónicos de cierto valor lo que vieron en primera instancia fue francamente decepcionante. Alfonso dio indicaciones a sus dos compañeros señalando la escalera que llevaba al piso superior.
—Quizá arriba haya algo más interesante. Subid mientras yo miro qué podemos llevarnos de aquí abajo.
Roberto y Nico subieron y empezaron a registrar las habitaciones. Joyas, ordenadores portátiles, algún reproductor de música… La excursión saldría rentable, pero no tanto como ellos habían imaginado. Quizá se habían hecho demasiadas ilusiones pensando que encontrarían alguna obra de arte o similar que les supusiera una ganancia millonaria.
Nico buscaba en el armario del cuarto que suponía sería de la hija de la familia cuando oyó a Alfonso hablar desde el piso de abajo. No entendió lo que dijo pero notó cierto tono de alarma en su voz. Quizá habría problemas. Puso más atención y pudo distinguir algunas palabras.
—Mira, chaval, no queremos problemas. Tranquilo. Quédate quieto y no te haremos daño.
Alguien había aparecido en la casa. Eso no debería haber pasado. Algo se les había escapado y ese error podía conllevar un enfrentamiento físico, algo para lo que no estaban preparados pese a que cada uno portaba un bate de béisbol como arma.
            Nico salió del cuarto de la niña y se dirigió hacia la escalera. Al borde de ésta vio a Ricardo visiblemente nervioso. Se acercó a él.
            — ¿Qué es lo que pasa?
            Ricardo se limitó a señalar hacia el piso de abajo. Al mirar pudo ver a Alfonso, con el bate de béisbol en las manos, como si estuviera a punto de recibir un lanzamiento, y también pudo ver a la persona con quien hablaba.
            Era un crío, o por lo menos lo parecía. No debía tener ni diez años y estaba totalmente desnudo. Estaba muy delgado, casi desnutrido y tremendamente sucio, su piel estaba totalmente cubierta de porquería. El pelo, que le llegaba a la altura de los hombros, estaba apelmazado, como si no se hubiera lavado en semanas. El niño se encontraba en cuclillas en el suelo, y miraba directamente a Alfonso mientras éste le hablaba.
            Alfonso sonrió y señaló un sofá.
            —Mira, chaval, siéntate tranquilamente. Nosotros nos iremos pronto y será como si nada hubiera pasado.
            Fue cuestión de un instante. Alfonso no había terminado de pronunciar la última palabra cuando, a velocidad asombrosa, el niño dio dos saltos de animal y se le lanzó al cuello mordiéndole salvajemente y manchando toda la estancia con sangre. Alfonso cayó al suelo con el niño sobre él y la cabeza apenas sujeta al cuerpo por unos pequeños jirones. En apenas un momento y dos mordiscos casi se la había arrancado.
            Entonces el niño se volvió hacia la parte superior de la escalera y Nico pudo ver su boca cubierta de sangre, pero lo que más le llamó la atención fueron sus enormes y brillantes ojos azules, que destacaban en la oscuridad de su sucio rostro.
            Nico empezó a retroceder. Roberto se quedó totalmente quieto enarbolando el bate. Y volvió a ocurrir. El niño, con apenas tres saltos de naturaleza animal, llegó hasta donde Roberto se encontraba. Éste lanzó un golpe con el bate hacia él, pero el pequeño lo esquivó saltando del pasamanos de la escalera a una pequeña mesilla que sostenía un jarrón, que acabó roto en el suelo. Roberto no tuvo una segunda oportunidad. Quiso volverse para volver a enfrentar al niño cara a cara pero éste se anticipó y se subió a su hombro, lanzándole una dentellada en pleno rostro. Roberto gritó y balanceó el bate ciegamente tratando de golpear a su atacante, pero sólo provocó ráfagas de viento, mientras el niño mordía su cara una y otra vez.
            Nico sabía que tenía que huir, pero aquella horrible escena bloqueaba la escalera. No tenía escapatoria. Simplemente retrocedía y retrocedía, alejándose de ella.
            Finalmente Roberto se desplomó y rodó escalera abajo. Su rostro había sido reemplazado por una especie de puré rojo que manchó de sangre todos los escalones. El niño se quedó en cuclillas mirando cómo caía.
            Nico había aprovechado la desigual pelea para alejarse todo lo que pudo. Había llegado hasta la puerta de una habitación que no habían abierto hasta ese momento. La mejor opción era entrar en ella y bloquearla para después escapar por la ventana.
            Abrió la puerta y el ruido hizo reaccionar al niño, que hasta ese momento parecía haberse olvidado de él. Cuando vio los ojos azules dirigirse hacia él no esperó más, se metió dentro de la habitación y cerró. Tuvo un instante para ver cómo la bestia se dirigía hacia él, pero esta vez no lo suficientemente rápido. Se estrelló contra la puerta ya cerrada.
            Las puertas de aquella casa eran bastante sólidas. Además la de aquella estancia tenía cerrojo. Una vez bloqueada el niño tendría bien difícil acceder a ella. Se alejó de la puerta mientras le oía golpearla al otro lado violentamente gimiendo como un animal.
            Debía huir de aquella pesadilla como fuera. Se dirigió a la ventana y fue cuando una roca cayó en su estómago. La ventana tenía una reja de hierro. Estaba atrapado en aquella habitación, con aquel monstruo al otro lado de la puerta.
            Estuvo sentado bajo la ventana durante no supo cuánto tiempo. Debía hacer algo. Hasta dos días después no aparecería la asistenta por la casa, y dado lo que habían encontrado allí no podía suponer que ésta fuera a resultar de mucha ayuda. Definitivamente no podía apostar por que nadie que viviera o entrara habitualmente en aquella casa fuera normal. De hecho era posible que la asistenta tuviera, entre otras labores, la obligación de dejar comida para aquel niño.
            Se dio cuenta de que hacía bastantes minutos que no había ruidos al otro lado de la puerta. Se acercó a ésta, se arrodilló y pegó la cara al suelo para tratar de ver por debajo. Y se encontró los ojos azules mirándole. El niño estaba haciendo exactamente lo mismo que él.
            Se quedó dormido sin darse cuenta. La tensión sufrida le había agotado. Cuando despertó no tenía ninguna noción de la hora que era, pero debía ser temprano. Cayó en la cuenta de que lo que le había arrancando del sueño era el ruido del motor de un coche aparcando en la puerta de la casa. Al asomarse a través de la enrejada ventana vio a la asistenta salir del coche y entrar en la vivienda.
            No sabía cómo podía reaccionar la asistenta ante su presencia allí y lo sucedido la noche anterior. Corrió a la puerta de la habitación y se arrodilló para mirar por debajo. El niño estaba durmiendo en el suelo delante de él. No había posibilidad de salir sin despertarle.
            Con espíritu de resignación decidió dejarse llevar por los acontecimientos. Pegó la oreja a la puerta con el fin de escuchar qué ocurría al otro lado. Una voz femenina surgió desde el piso de abajo.
            —Dios mío, ¿qué ha pasado aquí?
            Cualquiera podría pensar que el visionado de los vestigios de la carnicería acontecida con sus dos compañeros la noche anterior la mujer habría perdido los nervios, pero el tono de su voz indicaba sorpresa y un ligero disgusto, nada de terror. Parecía que lo que más le molestaba de lo que veía era la suciedad provocada.
            —Señorito Víctor, ¿está usted bien? ¿Dónde se encuentra?
            Un ruido justo al otro lado de la puerta parecía indicar que el niño había despertado y se había incorporado antes de alejarse de allí. Aprovechó para mirar por debajo. La asistenta estaba enfrente, al final del pasillo, y acariciaba el pelo de Víctor, cubierto de sangre seca.
            — ¿Qué ha pasado, señorito Víctor? Se ha puesto usted perdido. Necesita un buen baño. ¿Quiénes son esos hombres caídos en el suelo?
            De repente, Víctor se excitó y se liberó de la mano de la asistenta. Señaló hacia la puerta y salió corriendo hacia ella. Se alejó corriendo de ésta y pegó su espalda con la pared contraria, antes de escuchar cómo el niño volvía a golpear violentamente la madera.
            — ¿Qué ocurre en esa habitación? ¿Hay alguien ahí dentro? ¿Hola?
            No sabía si contestar. Optó por guardar silencio.
            —Voy a por el juego de llaves.
            Estas últimas palabras provocaron frío en su cuerpo. En breves instantes la puerta se abriría y no sabía exactamente qué pasaría, pero tenía la certeza de que no iba a ser nada bueno. En pocos instantes volvió a escuchar la voz de la mujer y un tintineo de llaves.
            —Señorito Víctor, voy a abrir. Quédese detrás de mí, no me desobedezca, es una orden.
            Las lágrimas salieron espontáneamente de sus ojos al escuchar el sonido de la llave entrar en la cerradura y ver cómo el cerrojo cedía. La puerta se abrió poco a poco y la asistenta apareció con exasperante lentitud tras ella. Sin embargo, sus ojos se dirigían al niño, que se encontraba detrás de ella, sentado en el suelo, mirándole fijamente y respirando con excitada violencia. Intuía claramente que estaba deseando lanzarse encima de él, pero las palabras de la mujer le retenían.
            — ¿Quién es usted?
            Balbuceó algo, no eran siquiera palabras.
            —Me da la impresión de que ustedes pretendían robar en esta casa, ¿estoy en lo cierto?
            Le hablaba como la abuela que le llama la atención a un niño pequeño. El tono no difería demasiado del que usaba con Víctor.
            —Por favor, déjeme marchar.
            Lloraba. Se encontraba bajo la ventana, en cuclillas, como un animal asustado, y aunque hablaba con la mujer, sus ojos no se apartaban del niño que le miraba fijamente, respirando excitadamente, como si únicamente esperara el permiso para atacar.
            —No, no puedo dejarle marchar. Lo siento mucho. No podemos dejar que nadie que haya visto al señorito Víctor y no sea de fiar salga de esta casa. Podría correrse la voz de su existencia y las autoridades querrían llevárselo, y la familia le quiere demasiado para ello. Sería una tragedia para todos.
            Se arrodilló durante un momento, antes de colocarse a cuatro patas con la cabeza erguida hacia la mujer.
            —No se lo contaré a nadie, lo prometo. Sólo déjeme marchar y no permita que me haga nada, por favor.
            La mujer se mostró más severa.
           — ¿Es que no me ha oído? Únicamente personas cuya confianza haya sido demostrada pueden abandonar la casa tras haber conocido al señorito Víctor. Es una criatura demasiado especial para que su existencia sea conocida por cualquiera. ¿Imagina lo que podrían hacerle en una institución? Con más motivo si se descubren tristes fallecimientos como los de sus compañeros de ahí fuera. Podía caer la desgracia sobre esta familia.
            Una mano de la mujer empezó a acariciar el pegajoso cabello del niño, que pareció relajar un poco su respiración, aunque no dejaba de mirarle.
            —Soy de fiar, lo prometo.
            La mujer soltó una pequeña carcajada.
      —Qué fácil es decir eso. La confianza no se consigue con unas simples palabras, debe demostrarse con constancia y con actos que la reflejen. ¿Cree usted que me va a convencer con esa triste promesa hecha entre lágrimas?
            Desesperado, no sabía qué responder. Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, con aire resignado.
            — ¿Qué tendría que hacer para ganarme su confianza? Haré cualquier cosa, lo que sea.
            La mujer se mantuvo pensativa unos instantes.
            —No es cuestión de un acto puntual. Es un proceso que requiere tiempo, mucho tiempo. No puedo decirle cuánto, pero le aseguro que no será sencillo ni breve.
            Se sentó en el suelo sin fuerzas siquiera para sentir desesperación. Cruzó su mirada con la del niño. Éste ya no se mostraba tan excitado, pero mostró los dientes sin que pudiera discernir si era una sonrisa o un gesto de agresividad.
            —No me importa. Haré cualquier cosa por ganarme su confianza. No me importa cuánto tiempo lleve.
            La mujer reflexionó un instante antes de dibujar algo parecido a media sonrisa.
            —Está bien. Le daremos una oportunidad. Espero que los señores cuando vuelvan de sus vacaciones no se molesten por ello, de cualquier manera no es la primera vez que ocurre algo parecido y las cosas acabaron bien.
            Miró a Víctor y éste dirigió sus ojos hacia ella.


            —Señorito Víctor, hágame el favor de vigilar a este caballero. Que no escape. Voy a por las cadenas.

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