miércoles, 20 de enero de 2016

LA SERPIENTE ESCONDIDA

No puedo creerlo. ¿Cómo ha entrado esa cosa en el piso? No ha podido entrar por la puerta principal, ha tenido que entrar por una ventana desde otra casa. No, no es posible. Es un cuarto piso. Las serpientes no pueden trepar por las paredes. ¿O sí pueden? Las lagartijas pueden. Pero no, nunca supe de una serpiente capaz de escalar por una pared de estas características. Quizá alguna especie tenga la capacidad de hacerlo. Quizá dependa del tamaño. Me da la impresión de que es demasiado grande y pesada para escalar.
Bueno, qué más da cómo haya entrado. La cuestión es que hay una serpiente en el piso. La vi entrar reptando en el despacho y he cerrado la puerta. Así que está encerrada dentro. Por lo menos la tengo localizada. ¿Qué puedo hacer para deshacerme de ella? No me atrevo a atacarla yo mismo, es de un tamaño considerable por lo que he podido ver. No me importa reconocerlo, me da miedo acercarme. Me da igual si es venenosa o no. No quiero ser yo el que se deshaga de ella. Pero, ¿a quién se llama en estos casos?

martes, 15 de diciembre de 2015

GIBRALTAR

Tenía un par de días libres y decidí pasarlos en Gibraltar. Me habían dicho que no había mucho que ver allí, pero eso siempre depende de la opinión particular de cada uno, y como siempre fue un lugar que me llamó particularmente la atención, no hice mucho caso.
Tras dejar mi escaso equipaje en un pequeño hotel en La Línea de la Concepción, me dirigí caminando a la frontera. Me impresionaba ver aquella gigantesca roca gobernando toda la zona. Supongo que quienes viven allí están acostumbrados, pero la sensación que me dio a mí era que en aquella zona había una inmensa presencia controlando tanto Gibraltar como La Línea. Incluso aunque miraras en otra dirección la presencia del Peñón se notaba, como si fuera un ente vivo que nos vigilara a todos los que allí estábamos.
Crucé la frontera mostrando únicamente el documento de identidad. Nunca había cruzado una frontera a pie, sólo en avión o en autobús, y me resultó llamativa la facilidad con la que puedes acceder del territorio de un país al del otro.
Almorcé algo en una plaza que tenía aspecto de ser importante en la ciudad y entonces tomé una decisión de lo más estúpida. Gran parte de los lugares turísticos de Gibraltar están en el Peñón, y tuve la feliz idea de dirigirme a ellos a pie, en vez de tomar un autobús o el teleférico. Mi forma física no era precisamente la más adecuada para tamaño esfuerzo, y además me desorienté con facilidad al no disponer de mapa, así que pasé bastante rato caminando por estrechas carreteras hacia arriba y hacia abajo bajo un sol de justicia y sin agua. Al cabo de hora y media estaba exhausto. Me entró un fuerte dolor de cabeza. Pese a llevar gafas oscuras, la luz era tan intensa que tenía que mantener los ojos entornados. Tras varias horas así empecé a notar un terrible pinchazo en las sienes. De vez en cuando me quitaba las gafas y cerraba los ojos, frotándomelos un poco con los dedos de las manos. Suponía que al acabar el día tendría un bonito círculo blanco sobre los ojos mientras el resto de mi piel habría cogido color. Me daba igual. Sólo hubiera dado lo que fuera para que en cualquier lugar de aquella montaña apareciera una tienda donde comprar agua. El sudor me caía a chorros por la frente y me hubiera venido bien remojarme. Pero nada de nada. Aquello era un páramo solitario.
Caminaba por estrechas carreteras, en las que cuando aparece un coche, tienes que acercarte lo más posible al límite, que en muchas ocasiones, era también el último paso antes de una peligrosa pendiente hacia abajo, repleta de hierba, árboles y matorrales. Si alguien como yo, al que nadie en el lugar conocía, cayera por uno de esos terraplenes, se tardaría muchísimo en dar con mi cuerpo e identificarme. En una de esas carreteras estrechas, mientras soportaba el sol y el esfuerzo como buenamente podía, vi venir de frente a otro turista como yo. En un momento dado detuvo su camino. Había algo en el suelo que llamó su atención y se quedó parado mirándolo. Cuando estaba a punto de llegar a su altura empezó a señalarme sonriente aquello que miraba y a hablarme en otro idioma que no entendí y que creí identificar como alemán. Me acerqué, no sin cierta desconfianza, y estaba observando una pequeña mariposa de vivos colores que se encontraba posada en el suelo y aleteaba ligeramente. Me pareció una tontería, pero bueno, a cada persona le resultan llamativas cosas diferentes, así que sonreí diplomáticamente y seguí mi camino.
Había caminado unos veinte pasos cuando oí el motor de un coche que se acercaba detrás de mí. Sin volver la cabeza empecé a dirigirme al lado de la carretera para que el coche pudiera pasar sin problemas. El ruido siguió aumentando, pero el coche nunca llegó a pasar a mi lado. Lo siguiente que oí fue un gran golpe. Al escucharlo me detuve y volví la cabeza a ver qué había pasado. El coche había atropellado al turista alemán, que se encontraba tendido en el suelo sangrando. Un Seat Altea gris, con matrícula de Gibraltar, se encontraba detenido a su lado, con el parabrisas destrozado.
Me dirigí corriendo lo más rápido que pude al cuerpo del alemán caído. Tenía la cara llena de sangre y un brazo visiblemente roto por la grotesca forma que había adoptado. Los ojos estaban abiertos de par en par. No había que ser muy listo para darse cuenta pero aún así me arrodillé y comprobé el pulso. Nada. Me levanté rápido. Al apoyarme sobre el suelo había notado un calor infernal en mis rodillas procedente del asfalto y me hice daño. Entonces oí una voz tras de mí.
― ¿Está vivo?
El conductor estaba a medio salir del coche. Con la puerta abierta y con un pie fuera. Tenía el rostro pálido como el papel. Me limité a mirarlo y negar con la cabeza.
El conductor empezó a mover la cabeza nerviosamente de un lado a otro. Se le saltaban las lágrimas y mordía su puño. Terminó de salir del coche y empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro sin mucho sentido murmurando cosas que yo no llegaba a entender. Frenó su movimiento quedándose en pie frente al cuerpo y frente a mí. Sus ojos muy abiertos estaban dirigidos al cadáver pero daba la impresión de no estar viéndolo. Se pasaba la mano por el pelo mostrándose desbordado por la situación.
Hacía un calor horrible en aquella carretera solitaria. Veía a lo lejos los vapores salir del asfalto haciendo borroso el horizonte. Una gota de sudor cayó de mi frente sobre mi ojo cegándolo durante un pequeño instante. Levanté las gafas y me sequé el ojo con la mano. Una pequeña brisa de aire caliente movía ligeramente las ramas de los árboles. Decidí hablar mientras sacaba de mi bolsillo el teléfono móvil.
― Hay que llamar a la policía.
Al conductor se le salieron los ojos de las órbitas al escuchar mi comentario. Empezó a negar con la cabeza mientras hablaba titubeando.
― No, no…espera un momento…espera, por favor.
Comprendía su situación. Su vida podía estar arruinada. Se acercó a mí.
― Espera un momento, por favor.― volvió a repetir.
Cuando me habló en la cercanía pude notar que su aliento despedía cierto olor a alcohol. Hasta ese momento no había adoptado una posición moral a su favor o en su contra, ya que un accidente puede ocurrirle a cualquiera, y pese a su nerviosismo no había huido, pero cuando me di cuenta de que había bebido perdió toda mi simpatía y la gana de discutir con él. Empecé a marcar el número de emergencias en el teléfono móvil. Me dio un manotazo y se me cayó al suelo. Le miré con mala cara antes de agacharme a recogerlo.
― Lo siento, pero voy a llamar.
― Espera.― me volvió a repetir.
Salió trotando en dirección al coche. No sé por qué le hice caso pero esperé. Se paró junto al coche y miró a lo lejos, a la carretera por donde había venido. Fueran cuáles fueran sus intenciones que las mostrara rápido. La cabeza me palpitaba con tanto calor. Notaba la camiseta pegada a mi espalda por el sudor. Quería acabar con todo aquella circunstancia desgraciada y largarme de allí.
El conductor repitió operación corriendo en dirección opuesta. Luego volvió junto a mí y al cadáver. Tenía las lágrimas a punto de brotarle de los ojos.
― Escucha, ¿ves este terraplén?― señaló al borde de la carretera.― Podríamos tirar el cuerpo por ahí. Quedaría entre esos matorrales de abajo y tardarían en encontrarlo. Por favor, nadie tiene por qué saber esto.
Ni siquiera lo pensé. Negué con la cabeza y volví a hacer el ademán de marcar el número de emergencias en el teléfono móvil.
― Espera.― Me volvió a decir. Esta vez levantó aún más la voz. Cada vez se encontraba más nervioso. Cuanto más tiempo pasaba, más posibilidades había de que alguien más apareciera por allí. Se dirigió corriendo al coche y empezó a buscar algo dentro.
Dirigí mi mirada al cuerpo. Había aparecido un macaco de los típicos de la zona. Estaba mordisqueándole la nariz al cadáver, que ahora tenía la cara deforme y llena de sangre por los mordiscos. La escena me repugnó, me acerqué y ahuyenté al animal lanzándole una patada. Se detuvo un segundo en su huída para mirarme y enseñarme los colmillos con una mueca. Entonces me di cuenta de que le había hecho una herida en el hocico. Luego se volvió a ocultar entre los matorrales.
El conductor salió del coche y volvió corriendo hacia mí. Llevaba algo en las manos. Me lo ofreció al llegar a mi altura. Era dinero. Una gran cantidad de billetes de varias cantidades, no sabría decir cuánto dinero era.
― Por favor, ayúdame a tirar el cuerpo por el terraplén.― insistió.
Negué con la cabeza una vez más y rechacé con un gesto con la mano el dinero. Su cara mostró entonces su decepción. Empezó a guardar el dinero en la cartera, y ésta en el bolsillo mientras yo volvía, una vez más, a empezar a marcar el número de emergencias en el teléfono móvil.
Me distraje un momento mientras tecleaba y me costó caro. En cuanto el conductor guardó la cartera en su bolsillo, me empujó. El teléfono móvil se me cayó al suelo, y rebotando cayó por el terraplén. Me enfurecí.
― ¡Eh! ¿Qué haces?
Pero el conductor estaba fuera de sí. Me dio un puñetazo que no me esperaba y me derribó. Estuve a punto de irme hacia abajo a hacerle compañía a mi teléfono móvil. Caí de culo en el borde del terraplén. Me llevé la mano al ojo que me había dañado con el puñetazo. Levanté la cabeza y entonces caí en la cuenta. Se dirigía hacia mí con toda su furia. Su gesto me recordó un momento al del macaco cuando se volvió a mostrarme los dientes. Aquel tipo pretendía lanzarme hacía abajo. Para mi fortuna, fui rápido de reflejos, el tipo se lanzó hacia mí, pero en el último segundo, reaccioné y lo esquivé. El tipo perdió pie y cayó al vacío. Miré hacía abajo. Como suponía su cuerpo cayó hasta introducirse entre los arbustos y desaparecer de mi vista.
Durante unos segundos me quedé inmóvil. Costaba pensar rápido con el dolor de cabeza que tenía y agobiado por el calor y la situación, pero sabía que tenía que hacer algo y hacerlo ya. Ya tardaba demasiado en aparecer alguien más por allí. Si me encontraban en ese momento sería difícil explicar la situación. No lo pensé dos veces. Cogí el cuerpo del turista alemán y lo tiré por el mismo sitio por el que había caído el conductor. También desapareció de mi vista. Entonces me fui andando lo más deprisa que el cansancio me permitía en dirección hacia el centro de la ciudad, dejando allí solo el coche. Notaba como el ojo se me empezaba a hinchar. Me ardía, lo que unido al calor que allí hacía, y los nervios por la situación, me provocó una ansiedad como jamás tuve.
Apenas había andado unos doscientos metros cuando me crucé con dos chicas que conversaban entre ellas ese dialecto típico de la zona, entre andaluz e inglés, que resulta ininteligible para cualquiera que no sea gibraltareño. Me miraron y rieron. Una de ellas, de apariencia descarada, incluso me llamó guapo. Seguí adelante dejándolas atrás.
No mucho más adelante llegué a una parada de autobús. Había esperado muchos autobuses en mi vida, pero jamás nunca con tanto nerviosismo. En mi cabeza tomaba forma la historia. Las chicas con las que me había cruzado encontraban el coche solo en medio de la carretera, con el parabrisas destrozado, llamaban a la policía, que les preguntaba si habían visto a alguien por allí extraño. Le daban mi descripción y rápidamente todo Gibraltar estaba lleno de “bobbys” buscándome. Me entraban ganas de llorar.
Tuve suerte. Aunque se me hicieron eternos, el autobús apenas tardó cinco minutos en aparecer. Los autobuses que llegan a la cima del Peñón no son los típicos autobuses. Realmente son furgonetas para ocho o diez pasajeros. El tamaño y las curvas de las carreteras de la zona hacen imposible el acceso a los autobuses de tamaño normal.
Me subí y pagué. Era el único pasajero. El aire acondicionado del vehículo fue como una bendición. Sentía que había dejado todo atrás.
Tras avanzar un par de calles en dirección al centro de la ciudad notaba que el conductor me miraba por el retrovisor. Imagino que la hinchazón del ojo le llamaba la atención. Se dirigió hacia mí, pero no preguntó cómo me la había hecho.
― ¿Se encuentra usted bien?
― ¿Cómo?
― Le pregunto si se encuentra usted bien. Se le nota fatigado.
Saqué la mejor de mis sonrisas para contestar.
― Sí, es que estoy bastante cansado. He tenido la feliz idea de subir a pie hasta la cima del Peñón. La próxima vez que venga cogeré el autobús o el teleférico.
El conductor del autobús no pareció satisfecho del todo con mi respuesta. Cuando me dejó en el centro de la ciudad empecé a pensar otra vez locuras como que comunicaba mi descripción por radio y le decían que me estaban buscando. Ya sabrían en qué zona de la ciudad me había dejado. Ya sabían dónde tenían que buscarme.
Pasé por delante de una tienda de ropa deportiva en la calle principal. Entré y compré una camiseta de la selección de fútbol de Inglaterra y un pantalón de chándal rojo. Me lo llevé puesto. Pensé que así evitaría las posibles descripciones de mi vestimenta.
No mucho rato después cruzaba la Avenida Winston Churchill para volver a La Línea cruzando la aduana. Mientras enseñaba mi identificación en la frontera volví a imaginar que me detendrían en ese momento, pero no pasó nada anormal. No miré por encima de mi hombro ni una sola vez en todo el trayecto pero cuando ya me encontraba a pocos metros de territorio español oí a alguien decir una frase que me hizo volverme.
― Mira, qué extraño. Nunca suele venir ninguno hasta aquí abajo.
Era una mujer hablándole a su marido. Señalaba al techo de una garita. Miré. Allí estaba, mirándome, un macaco con una herida en el morro. Cuando nuestras miradas se cruzaron hizo una mueca mostrándome sus colmillos.


Jamás he vuelto a pisar Gibraltar.

martes, 24 de noviembre de 2015

PIZZA A DOMICILIO

Aparcó la moto justo delante de la puerta de la pizzería, junto a las de dos compañeros.  No quedaba mucho para que comenzara el partido de Liga de Campeones de aquella noche. Una semifinal nada más y nada menos, con el equipo local inmerso en ella. Le encantaba el fútbol, pero aquella noche lo odiaba. Querría estar en casa, rodeado de amigos y latas de cerveza viendo el encuentro tranquilamente, pero en lugar de eso estaría repartiendo pizzas a aquellos que sí tenían la suerte de poder disfrutar del acontecimiento en todo su esplendor. Las noches de partido importante siempre traían mucho trabajo.
Entró en el local y allí encontró a Ángela y Miguel, los propietarios de las motos junto a las que había aparcado la suya. Ambos estaban esperando la nueva remesa de pizzas a repartir a domicilio. No les conocía mucho, así que tiró de frases tópicas para saludar.
― ¿Qué hay? Se presenta una noche movida con el partido.
― No me hables del partido, haz el favor.― respondió Miguel. Estaba visiblemente disgustado, no sólo era muy futbolero, sino que era un gran aficionado del equipo que aquella noche se jugaba la posibilidad de alcanzar un hito en su historia, y él no iba a verlo por tener que trabajar.
― Teníais que haber sido más listos y haber pedido el día libre con más antelación que los demás. Si lo hubierais hecho estaríais ahora en casita sentados tranquilamente en el sofá delante del televisor.― fue el comentario de Ángela. A ella no es que no le gustara el fútbol, pero tampoco le quitaba el sueño. Realmente tenía razón, ni Miguel ni él habían sido lo suficientemente previsores como para haber pedido el día libre con la premura adecuada. Otros compañeros sí lo fueron y en sus respectivos domicilios se disponían a disfrutar del premio por su acierto.
Desde la cocina llegaron las pizzas que Ángela tenía que repartir a las direcciones indicadas en la lista adjunta. Se marchó despidiéndose con una fórmula adecuada para la ocasión.
― Que os sea leve.
Apenas un par de minutos más tarde le llegó su turno. Recogió las pizzas y la lista de direcciones, se despidió de Miguel y se dirigió a la moto. Colocó la comida en las bolsas térmicas preparadas para conservar el calor y de ahí al cajón que portaba en la parte trasera de su vehículo. Arrancó y se dirigió a la primera dirección mecanografiada en el papel que le habían dado.
No falla. En noche de partido se multiplican las peticiones de comida a domicilio, y casi todas esas peticiones de más son para gente que está viendo el encuentro. En la primera casa así era. Uno de los clientes le pagaba mientras se escuchaba a otras personas en otro lado de la casa viendo el fútbol. En un momento dado varios gritaron ante lo que parecía ser una ocasión marrada. El chico que estaba pagando la pizza le pidió que le excusara un segundo y fue corriendo a la sala a ver la repetición de la jugada. Le había dejado el dinero en la mano y había desaparecido de su vista antes de que le diera la vuelta correspondiente. Durante un instante pensó en irse y quedarse la vuelta a modo de propina. Pensó que mejor era no hacerlo. Además, la clientela suele ser generosa en estos días. Si hacía ver que le interesaba el partido y que no podía verlo por el trabajo seguramente recibiría igualmente una muestra de generosidad económica por parte del cliente, así que cuando éste volvió demostró su interés en el resultado.
― ¿Sigue cero a cero?
― Sí, cero a cero.― se limitó a decir el cliente, que recibió la vuelta y se despidió cerrándole la puerta en las narices sin darle propina ninguna.
Acordándose de toda la familia de aquel sujeto bajó las escaleras y se volvió a montar en la moto. Antes de arrancar para dirigirse a la segunda dirección de la lista miró hacia delante y hacia detrás de la larga avenida iluminada por las farolas. Ni un alma. Otro indicio de que aquella noche el equipo local tenía partido importante. Arrancó y siguió su camino.
Se detuvo ante un semáforo en rojo. El mundo parecía haberse detenido. Ni un alma en la calle. El silencio reinante se rompió cuando escuchó tras de sí el motor de otra moto. No se volvió a mirarla. La vio por el rabillo del ojo cuando ésta se detuvo a su izquierda. Era una moto roja, exactamente igual que la suya. El piloto vestía un vaquero y una zamarra negra. El casco era azul oscuro y el cristal no dejaba ver su rostro. Se volvió hacia él. El tipo de la zamarra negra giró la cabeza. Debía estar devolviéndole la mirada, aunque no podía ver sus ojos. El semáforo se puso en verde y arrancó. Giró a la izquierda. La otra moto siguió su camino tras él.
En un momento dado vio como la moto extraña le adelantó y le sacó unos metros de ventaja. Había acelerado de repente como si quisiera echar una carrera. Bueno, era cosa suya. La sorpresa le vino después. Cuando le hubo sacado ventaja suficiente se cruzó en la carretera y se paró en seco delante de él, cortándole el paso. Sólo una demostración de reflejos y su habilidad en la conducción le permitió esquivarla y evitar la colisión, siguiendo su camino.
― Joder, está loco.― murmuró para sí.
Miró por el espejo retrovisor. Aquel demente había vuelto a poner en marcha la moto y volvía a perseguirle por las calles desiertas cada vez con mayor velocidad.
¿Quién demonios era ese tipo y por qué le atacaba de esa forma? Era algo demencial. Por un momento pensó en frenarse en seco y hacerle frente, pero no se atrevió y decidió buscar la forma de volver a la pizzería. Allí estaría seguro. La única cuestión era que aquel tipo no le alcanzara. Con ese propósito aceleró y giró bruscamente a la derecha. Cabía la posibilidad de que el tipo conociera su itinerario, ese giro no lo esperaría, pero igualmente siguió tras él. La posibilidad de que supiera hacia dónde se dirigía quedaba descartada, sólo quería cazarle.
Durante la persecución miraba repetidamente a través del espejo retrovisor para tener controlado a su perseguidor. Era arriesgado porque durante unos instantes perdía una noción exacta de la carretera, pero era mejor tenerle controlado. En una de esas miradas llegó el momento terrible. Vio como aquel tipo sacaba, no sabía muy bien de dónde, porque no pudo fijarse a la velocidad a la que iba, quizá la sacaba de la zamarra, una pistola de bastante tamaño. Aquel cabrón iba a dispararle para derribarle de la moto. Le entró el pánico en ese instante, ya no sabía qué hacer, ese instante de distracción fue fatal, entró en un cruce totalmente distraído y se estrelló contra un coche que por allí pasaba. Salió despedido de la moto y se estrelló contra el cristal del coche. Acto seguido éste se estampó contra una señal de tráfico. Él quedó aturdido y malherido sobre el capó del vehículo. Pudo girar la cabeza lo justo para atisbar al conductor. Se había abierto la cabeza por el accidente. Sangraba abundantemente. El que tuviera los ojos abiertos no ocultaba que había muerto, ya que éstos mostraban una ausencia total de vida.
Escuchó el ruido de la moto de su perseguidor llegar al lugar y detenerse. No podía verla. Se encontraba acostado sobre el capó del coche mirando el cielo aquella noche estrellada. Le pareció oír en la lejanía cómo alguien celebraba un gol en alguna casa. Una mano le agarró de las solapas de la chaqueta roja que la pizzería daba a todos sus repartidores y le bajó del capó del coche lanzándole al suelo. Era su perseguidor. No entendía por qué pero llevaba la bolsa térmica con las pizzas en la mano. Se había detenido a robárselas. Aquel sujeto entonces empezó a registrarle, aprovechando que no podía ni moverse. Cuando llegó al bolsillo donde llevaba guardada la lista de direcciones se detuvo. Parecía haber encontrado lo que buscaba. Se la guardó en el bolsillo. A punto de perder la consciencia pudo observar como aquel hombre extraño se quitaba la zamarra negra para descubrir bajo ella una chaqueta roja como las de la pizzería donde trabajaba. Entonces cerró los ojos y no los volvió a abrir.


No mucho rato después en un domicilio donde varias personas disfrutaban viendo el partido de fútbol por televisión sonó el timbre. El anfitrión salió a abrir. Al otro lado de la mirilla vio al repartidor de pizza que esperaban con su bolsa térmica con la comida, su chaqueta roja y su casco azul oscuro colgando del brazo. Le abrió, recogió el pedido y le pagó añadiendo al precio una generosa propina. Por último, se despidió educadamente y cerró la puerta.

viernes, 30 de octubre de 2015

EL NIÑO

Era la noche señalada. Por fin el trabajo de las últimas semanas iba a dar su fruto. Habían estado investigando por aquella urbanización día tras día, tratando de averiguar si alguna de las lujosas casas que allí se encontraban quedaría vacía y expuesta para un posible asalto.
Cualquiera de aquellas residencias habría sido un objetivo interesante, ya que el barrio era de los más acaudalados de la ciudad. Muy mal se tenían que dar las cosas para que donde entraran no hubiera dinero u objetos con un alto valor económico. Pero los hados parecían haberse congeniado para generar una víctima de lo más propicio.
La urbanización tenía una sencilla estructura compuesta por calles perpendiculares las unas a las otras, formando en su conjunto un cuadrado perfecto. La casa en cuestión se encontraba en uno de los vértices de dicho cuadrado, por lo que apenas tenía otro par de residencias junto a ella. Enfrente únicamente tenía el vacío, una amplia extensión de terrenos baldíos que esperaban los permisos pertinentes para que sobre ellos se construyera una ampliación de la urbanización.
La posición de la casa la hacía ideal para el asalto. Era imposible encontrar en toda la zona una que se encontrara situada en un lugar más expuesto y solitario. E iba a estar vacía durante tres semanas, ya que la familia que en ella habitaba se había marchado de vacaciones al completo, el matrimonio con los dos niños. Únicamente habían dejado para cuidarla a una asistenta que acudiría cada dos días un rato por la mañana, es de suponer que para regar las plantas y abrir las ventanas para que la residencia se aireara un poco.
Todo era ideal, únicamente quedaba superar el sistema de alarma, y dedicado a ello se encontraba Roberto en ese momento. No debía suponer tampoco el más mínimo problema, ya que éste tenía un amigo en la empresa que había instalado el sistema de seguridad en toda la urbanización y le había dado las indicaciones pertinentes para poder entrar en la casa sin levantar sospechas de que alguien de los operarios hubiera estado involucrado. Evidentemente el amigo de Roberto había exigido a cambio de la ayuda una cuarta parte de las ganancias. Hubo una discusión por ello, ya que llevarse la misma parte que los otros tres participantes en el atraco cuando no iba a correr un riesgo real de ser atrapado en pleno acto delictivo, hizo que Nico se negara en redondo, hasta que tuvo que asumir que sin dicha ayuda no había nada que hacer, por lo que dio su brazo a torcer.
Roberto había accedido al interior de la vivienda saltando una zona del vallado que encontró especialmente vulnerable. La alarma no debía funcionar mientras nadie intentara acceder al interior de la casa, pero ellos no entrarían hasta que la alarma fuera desconectada. Cuando lo consiguió, Roberto abrió a sus dos compañeros, que simplemente entraron por la puerta principal.
— ¿Te ha resultado complicado?
—Como quitarle un caramelo a un niño.
Con la alarma desactivada todo era coser y cantar. Forzaron el cerrojo de la puerta principal y entraron por ella directamente al salón. Aunque había algunos aparatos electrónicos de cierto valor lo que vieron en primera instancia fue francamente decepcionante. Alfonso dio indicaciones a sus dos compañeros señalando la escalera que llevaba al piso superior.
—Quizá arriba haya algo más interesante. Subid mientras yo miro qué podemos llevarnos de aquí abajo.
Roberto y Nico subieron y empezaron a registrar las habitaciones. Joyas, ordenadores portátiles, algún reproductor de música… La excursión saldría rentable, pero no tanto como ellos habían imaginado. Quizá se habían hecho demasiadas ilusiones pensando que encontrarían alguna obra de arte o similar que les supusiera una ganancia millonaria.
Nico buscaba en el armario del cuarto que suponía sería de la hija de la familia cuando oyó a Alfonso hablar desde el piso de abajo. No entendió lo que dijo pero notó cierto tono de alarma en su voz. Quizá habría problemas. Puso más atención y pudo distinguir algunas palabras.
—Mira, chaval, no queremos problemas. Tranquilo. Quédate quieto y no te haremos daño.
Alguien había aparecido en la casa. Eso no debería haber pasado. Algo se les había escapado y ese error podía conllevar un enfrentamiento físico, algo para lo que no estaban preparados pese a que cada uno portaba un bate de béisbol como arma.
            Nico salió del cuarto de la niña y se dirigió hacia la escalera. Al borde de ésta vio a Ricardo visiblemente nervioso. Se acercó a él.
            — ¿Qué es lo que pasa?
            Ricardo se limitó a señalar hacia el piso de abajo. Al mirar pudo ver a Alfonso, con el bate de béisbol en las manos, como si estuviera a punto de recibir un lanzamiento, y también pudo ver a la persona con quien hablaba.
            Era un crío, o por lo menos lo parecía. No debía tener ni diez años y estaba totalmente desnudo. Estaba muy delgado, casi desnutrido y tremendamente sucio, su piel estaba totalmente cubierta de porquería. El pelo, que le llegaba a la altura de los hombros, estaba apelmazado, como si no se hubiera lavado en semanas. El niño se encontraba en cuclillas en el suelo, y miraba directamente a Alfonso mientras éste le hablaba.
            Alfonso sonrió y señaló un sofá.
            —Mira, chaval, siéntate tranquilamente. Nosotros nos iremos pronto y será como si nada hubiera pasado.
            Fue cuestión de un instante. Alfonso no había terminado de pronunciar la última palabra cuando, a velocidad asombrosa, el niño dio dos saltos de animal y se le lanzó al cuello mordiéndole salvajemente y manchando toda la estancia con sangre. Alfonso cayó al suelo con el niño sobre él y la cabeza apenas sujeta al cuerpo por unos pequeños jirones. En apenas un momento y dos mordiscos casi se la había arrancado.
            Entonces el niño se volvió hacia la parte superior de la escalera y Nico pudo ver su boca cubierta de sangre, pero lo que más le llamó la atención fueron sus enormes y brillantes ojos azules, que destacaban en la oscuridad de su sucio rostro.
            Nico empezó a retroceder. Roberto se quedó totalmente quieto enarbolando el bate. Y volvió a ocurrir. El niño, con apenas tres saltos de naturaleza animal, llegó hasta donde Roberto se encontraba. Éste lanzó un golpe con el bate hacia él, pero el pequeño lo esquivó saltando del pasamanos de la escalera a una pequeña mesilla que sostenía un jarrón, que acabó roto en el suelo. Roberto no tuvo una segunda oportunidad. Quiso volverse para volver a enfrentar al niño cara a cara pero éste se anticipó y se subió a su hombro, lanzándole una dentellada en pleno rostro. Roberto gritó y balanceó el bate ciegamente tratando de golpear a su atacante, pero sólo provocó ráfagas de viento, mientras el niño mordía su cara una y otra vez.
            Nico sabía que tenía que huir, pero aquella horrible escena bloqueaba la escalera. No tenía escapatoria. Simplemente retrocedía y retrocedía, alejándose de ella.
            Finalmente Roberto se desplomó y rodó escalera abajo. Su rostro había sido reemplazado por una especie de puré rojo que manchó de sangre todos los escalones. El niño se quedó en cuclillas mirando cómo caía.
            Nico había aprovechado la desigual pelea para alejarse todo lo que pudo. Había llegado hasta la puerta de una habitación que no habían abierto hasta ese momento. La mejor opción era entrar en ella y bloquearla para después escapar por la ventana.
            Abrió la puerta y el ruido hizo reaccionar al niño, que hasta ese momento parecía haberse olvidado de él. Cuando vio los ojos azules dirigirse hacia él no esperó más, se metió dentro de la habitación y cerró. Tuvo un instante para ver cómo la bestia se dirigía hacia él, pero esta vez no lo suficientemente rápido. Se estrelló contra la puerta ya cerrada.
            Las puertas de aquella casa eran bastante sólidas. Además la de aquella estancia tenía cerrojo. Una vez bloqueada el niño tendría bien difícil acceder a ella. Se alejó de la puerta mientras le oía golpearla al otro lado violentamente gimiendo como un animal.
            Debía huir de aquella pesadilla como fuera. Se dirigió a la ventana y fue cuando una roca cayó en su estómago. La ventana tenía una reja de hierro. Estaba atrapado en aquella habitación, con aquel monstruo al otro lado de la puerta.
            Estuvo sentado bajo la ventana durante no supo cuánto tiempo. Debía hacer algo. Hasta dos días después no aparecería la asistenta por la casa, y dado lo que habían encontrado allí no podía suponer que ésta fuera a resultar de mucha ayuda. Definitivamente no podía apostar por que nadie que viviera o entrara habitualmente en aquella casa fuera normal. De hecho era posible que la asistenta tuviera, entre otras labores, la obligación de dejar comida para aquel niño.
            Se dio cuenta de que hacía bastantes minutos que no había ruidos al otro lado de la puerta. Se acercó a ésta, se arrodilló y pegó la cara al suelo para tratar de ver por debajo. Y se encontró los ojos azules mirándole. El niño estaba haciendo exactamente lo mismo que él.
            Se quedó dormido sin darse cuenta. La tensión sufrida le había agotado. Cuando despertó no tenía ninguna noción de la hora que era, pero debía ser temprano. Cayó en la cuenta de que lo que le había arrancando del sueño era el ruido del motor de un coche aparcando en la puerta de la casa. Al asomarse a través de la enrejada ventana vio a la asistenta salir del coche y entrar en la vivienda.
            No sabía cómo podía reaccionar la asistenta ante su presencia allí y lo sucedido la noche anterior. Corrió a la puerta de la habitación y se arrodilló para mirar por debajo. El niño estaba durmiendo en el suelo delante de él. No había posibilidad de salir sin despertarle.
            Con espíritu de resignación decidió dejarse llevar por los acontecimientos. Pegó la oreja a la puerta con el fin de escuchar qué ocurría al otro lado. Una voz femenina surgió desde el piso de abajo.
            —Dios mío, ¿qué ha pasado aquí?
            Cualquiera podría pensar que el visionado de los vestigios de la carnicería acontecida con sus dos compañeros la noche anterior la mujer habría perdido los nervios, pero el tono de su voz indicaba sorpresa y un ligero disgusto, nada de terror. Parecía que lo que más le molestaba de lo que veía era la suciedad provocada.
            —Señorito Víctor, ¿está usted bien? ¿Dónde se encuentra?
            Un ruido justo al otro lado de la puerta parecía indicar que el niño había despertado y se había incorporado antes de alejarse de allí. Aprovechó para mirar por debajo. La asistenta estaba enfrente, al final del pasillo, y acariciaba el pelo de Víctor, cubierto de sangre seca.
            — ¿Qué ha pasado, señorito Víctor? Se ha puesto usted perdido. Necesita un buen baño. ¿Quiénes son esos hombres caídos en el suelo?
            De repente, Víctor se excitó y se liberó de la mano de la asistenta. Señaló hacia la puerta y salió corriendo hacia ella. Se alejó corriendo de ésta y pegó su espalda con la pared contraria, antes de escuchar cómo el niño volvía a golpear violentamente la madera.
            — ¿Qué ocurre en esa habitación? ¿Hay alguien ahí dentro? ¿Hola?
            No sabía si contestar. Optó por guardar silencio.
            —Voy a por el juego de llaves.
            Estas últimas palabras provocaron frío en su cuerpo. En breves instantes la puerta se abriría y no sabía exactamente qué pasaría, pero tenía la certeza de que no iba a ser nada bueno. En pocos instantes volvió a escuchar la voz de la mujer y un tintineo de llaves.
            —Señorito Víctor, voy a abrir. Quédese detrás de mí, no me desobedezca, es una orden.
            Las lágrimas salieron espontáneamente de sus ojos al escuchar el sonido de la llave entrar en la cerradura y ver cómo el cerrojo cedía. La puerta se abrió poco a poco y la asistenta apareció con exasperante lentitud tras ella. Sin embargo, sus ojos se dirigían al niño, que se encontraba detrás de ella, sentado en el suelo, mirándole fijamente y respirando con excitada violencia. Intuía claramente que estaba deseando lanzarse encima de él, pero las palabras de la mujer le retenían.
            — ¿Quién es usted?
            Balbuceó algo, no eran siquiera palabras.
            —Me da la impresión de que ustedes pretendían robar en esta casa, ¿estoy en lo cierto?
            Le hablaba como la abuela que le llama la atención a un niño pequeño. El tono no difería demasiado del que usaba con Víctor.
            —Por favor, déjeme marchar.
            Lloraba. Se encontraba bajo la ventana, en cuclillas, como un animal asustado, y aunque hablaba con la mujer, sus ojos no se apartaban del niño que le miraba fijamente, respirando excitadamente, como si únicamente esperara el permiso para atacar.
            —No, no puedo dejarle marchar. Lo siento mucho. No podemos dejar que nadie que haya visto al señorito Víctor y no sea de fiar salga de esta casa. Podría correrse la voz de su existencia y las autoridades querrían llevárselo, y la familia le quiere demasiado para ello. Sería una tragedia para todos.
            Se arrodilló durante un momento, antes de colocarse a cuatro patas con la cabeza erguida hacia la mujer.
            —No se lo contaré a nadie, lo prometo. Sólo déjeme marchar y no permita que me haga nada, por favor.
            La mujer se mostró más severa.
           — ¿Es que no me ha oído? Únicamente personas cuya confianza haya sido demostrada pueden abandonar la casa tras haber conocido al señorito Víctor. Es una criatura demasiado especial para que su existencia sea conocida por cualquiera. ¿Imagina lo que podrían hacerle en una institución? Con más motivo si se descubren tristes fallecimientos como los de sus compañeros de ahí fuera. Podía caer la desgracia sobre esta familia.
            Una mano de la mujer empezó a acariciar el pegajoso cabello del niño, que pareció relajar un poco su respiración, aunque no dejaba de mirarle.
            —Soy de fiar, lo prometo.
            La mujer soltó una pequeña carcajada.
      —Qué fácil es decir eso. La confianza no se consigue con unas simples palabras, debe demostrarse con constancia y con actos que la reflejen. ¿Cree usted que me va a convencer con esa triste promesa hecha entre lágrimas?
            Desesperado, no sabía qué responder. Dijo lo primero que se le pasó por la cabeza, con aire resignado.
            — ¿Qué tendría que hacer para ganarme su confianza? Haré cualquier cosa, lo que sea.
            La mujer se mantuvo pensativa unos instantes.
            —No es cuestión de un acto puntual. Es un proceso que requiere tiempo, mucho tiempo. No puedo decirle cuánto, pero le aseguro que no será sencillo ni breve.
            Se sentó en el suelo sin fuerzas siquiera para sentir desesperación. Cruzó su mirada con la del niño. Éste ya no se mostraba tan excitado, pero mostró los dientes sin que pudiera discernir si era una sonrisa o un gesto de agresividad.
            —No me importa. Haré cualquier cosa por ganarme su confianza. No me importa cuánto tiempo lleve.
            La mujer reflexionó un instante antes de dibujar algo parecido a media sonrisa.
            —Está bien. Le daremos una oportunidad. Espero que los señores cuando vuelvan de sus vacaciones no se molesten por ello, de cualquier manera no es la primera vez que ocurre algo parecido y las cosas acabaron bien.
            Miró a Víctor y éste dirigió sus ojos hacia ella.


            —Señorito Víctor, hágame el favor de vigilar a este caballero. Que no escape. Voy a por las cadenas.

viernes, 16 de octubre de 2015

EL HOMBRE QUE NO HACÍA NADA

Era una mañana como otra cualquiera. Me había levantado temprano para ir a trabajar. Siempre me levantaba unos quince minutos antes que Rubén. Me dirigía a la cocina y, aún con los ojos entrecerrados me preparaba un café bien cargado que me despertara y un buen par de tostadas con mantequilla y mermelada. Mientras devoraba con gusto mi desayuno Rubén se levantaba y se metía en el baño a acicalarse. Él tenía por costumbre no desayunar. No sé cómo una persona puede ser capaz de no desayunar. Yo soy incapaz de salir de casa sin meterme algo en el estómago.
Rubén se tomaba su tiempo en el baño. Luego dicen de las mujeres. Medio en broma, medio en serio siempre le decía que tardaba tanto porque se sentaba a hacer sus necesidades y se quedaba dormido. Él lo negaba, pero una sonrisa nerviosa y un leve enrojecimiento de su rostro me indicaban que, si bien no le ocurría todos los días, alguna vez le había pasado.

sábado, 4 de julio de 2015

TODOPODEROSO

Por fin, ya está aquí. Tras muchos meses de correcciones, esperas y complicaciones por fin está disponible para su adquisición “Todopoderoso”, mi nueva novela, editada por los amables señores de la Editorial Valinor, a los que he tenido la oportunidad de engañar.

Ésta es la sinopsis oficial:

En un mundo devastado, un hombre persigue al artífice de tal destrucción con un solo propósito en mente: la venganza. La criatura que lo ha arrasado todo es conocida por muchos nombres. Él prefiere llamarle Exterminador. Otros le llaman Todopoderoso. El protagonista de esta peculiar historia arrastra al lector a lo largo de su camino, rumbo al encuentro final con su enemigo, a través de un paisaje desolador y opresivo salpicado de personajes oscuros e igual de heridos que la tierra que pisan.
Con Todopoderoso, José Manuel Mariscal envuelve al lector en una historia sofocante, cruda, narrada con una pluma afilada y exacta como el bisturí de un cirujano, que disecciona por igual los hechos, las situaciones y los caracteres de los personajes para brindar al lector una experiencia digna de ser leída. Gustará a los aficionados a las historias post-apocalípticas con tintes intimistas.
Como ya se puede suponer, ando contento. Si llama la curiosidad podéis leer un fragmento tanto en la web de Valinor como en Amazon. Y si la idea de leer la novela entera os atrae tanto en un sitio como en otro se puede adquirir (en la web de la editorial en formato digital y en Amazon para Kindle y en papel).


…y ahora a escribir la siguiente.

lunes, 27 de abril de 2015

CITANDO QUE ES GERUNDIO



"Quien con sangre escribe máximas, no quiere ser leído, sino que se le aprenda de memoria."

Friedrich Nietzsche.


Ahí estaba yo, leyendo "Así hablo Zaratustra", sin enterarme de la mitad de lo que leía, ya que este tipo de libros, como dice un alumno mío cada vez que explico algo en clase, son para listos. De repente llego a la frase citada y detengo la lectura. Qué buena frase para aprendérsela de memoria, y ya de paso reflexionar mínimamente sobre un asunto que me dio que pensar durante algún tiempo y que hoy día como que me da igual. Pero de algo hay que hablar de vez en cuando.

lunes, 1 de diciembre de 2014

ALGUNOS DE MIS RELATOS POR LA RED

Bueno, para menear un poco el blog, y no tenerlo tan abandonado, paso a hacer un pequeño recopilatorio de los relatos de mi autoría que se pueden encontrar bicheando por la red de redes (se puede acceder a ellos haciendo click sobre el nombre del relato):

"El alumno nuevo" (Número 3 de la Revista Valinor,  página 29)

lunes, 13 de octubre de 2014

FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS LA MANO FEST 2014

La resurrección de este blog hace un par de meses respondía a la necesidad surgida de dar propaganda a mis textos en mi intento de iniciar una modesta carrera como escritor amateur. El haber conseguido, en un breve espacio de tiempo, que relatos de mi autoría hayan sido publicados en revistas on line (El alumno nuevo en el número 3 de Valinor, Descomposición en el número 3 de Tiempos Oscuros y Todo a mi alrededor en el número 21 de Penumbria, próximamente más) y, sobre todo, haber engañado a la buena gente de la Editorial Valinor para que publiquen mi novela titulada Todopoderoso me había llevado a la decisión de reflotar esta bitácora con fines onanistas y de autobombo.

Pero inesperadamente ocurren dos cosas, una buenísima y otra ni buena ni mala. La buenísima es que encuentro trabajo, que evidentemente es algo que está genial y de lo que no pienso quejarme, pero que obviamente me quita tiempo para otras cosas. Por otro lado Valinor ha retrasado el proceso de publicación de Todopoderoso así que las urgencias se han disipado. La nueva novela que estoy escribiendo va a paso de tortuga y este blog está más parado que un avión de mármol.

martes, 2 de septiembre de 2014

LA IMPROBABLE CONEXIÓN ENTRE NEIL GAIMAN Y FRANCISCO IBÁÑEZ

Andaba yo conversando con mi amigo Juanmez la otra noche cuando me preguntó qué libro había leído últimamente que me hubiera gustado. Le mencioné “American Gods”, de Neil Gaiman (realmente este post iba a ser una reseña de dicho libro pero me ha dado pereza finalmente, quizá en otro momento), una obra galardonada con el Premio Hugo, el Nébula, el Locus, el Bram Stoker y la UEFA Europa League, y él me comentó que no había leído nada del escritor inglés.

Cuando me puse a hablar de lo que yo había leído de él surgió inevitablemente la serie de Sandman, concretamente su primer volumen, “Preludios y nocturnos”, y para ser más exactos un determinado momento que, cuando lo leí, me pareció una soberana genialidad, pero que luego, al masticarlo más en mi cabeza, dejó de parecerme tan estupendo.